Najash rionegrina y la redención de la serpiente: del Cretácico patagónico a la cosmogonía de Good Omens

Sobre el fósil más completo de la serpiente más antigua, el demonio A. J. Crowley y lo que los huesos del Mesozoico nos revelan sobre el miedo, la caída y la permanencia de los mitos de origen.

En 2019, un equipo de paleontólogos liderado por Sebastián Apesteguía publicó en Science Advances el hallazgo del cráneo tridimensional más completo de Najash rionegrina, una serpiente del Cretácico Superior —aproximadamente 95 millones de años de antigüedad— excavada en el yacimiento de La Buitrera, provincia de Río Negro, Argentina. El descubrimiento no era un mero dato estratigráfico: desafiaba radicalmente la narrativa evolutiva dominante sobre los ofidios, revelando extremidades posteriores vestigiales, un aparato craneano distinto al de cualquier serpiente conocida y una existencia terrestre que contradecía la hipótesis marina de los orígenes. Lo que nos proponemos aquí, sin embargo, va más allá de la glosa paleontológica. Nos interesa tender un puente —necesariamente oblicuo, productivamente especulativo— entre este reptil cretácico y una de las figuras más fascinantes de la cultura popular contemporánea: el demonio Anthony J. Crowley, protagonista de Good Omens (Gaiman & Pratchett, 1990; BBC/Amazon, 2019–2025). Porque Najash no es solo un nombre en latín científico: es, literalmente, la palabra hebrea para "serpiente", nāḥāš (נָחָשׁ), la misma criatura que, según el Génesis, tentó a Eva en el Jardín del Edén. Y Crowley, como todo lector sabe, era esa serpiente.

La Patagonia como Jardín del Edén invertido

El yacimiento de La Buitrera y su contexto geológico

Situado en la cuenca de Neuquén, en el noreste de la Patagonia argentina, el yacimiento de La Buitrera ha funcionado desde 1999 como uno de los laboratorios tafonómicos más prolíficos del Hemisferio Sur. Sus sedimentos, depositados durante el Cretácico Superior bajo condiciones de semiaridez y llanuras fluviales intermitentes, han preservado una fauna extraordinaria: el dinosaurio dromeosáurido Buitreraptor gonzalezorum, el cinodonte Cronopio dentiacutus (popularizado por su semejanza con la ardilla de la franquicia Ice Age), esfenodontes del género Priosphenodon, tortugas, peces y, sobre todo, los únicos ejemplares tridimensionalmente conservados de Najash rionegrina.

El contraste con los fósiles ofídicos del Medio Oriente —Pachyrhachis problematicus y Haasiophis terrasanctus, hallados en el Líbano y en Israel respectivamente— es fundamental para comprender la magnitud del hallazgo patagónico. Los especímenes de Oriente Próximo proceden de sedimentos marinos del Cretácico y han llegado hasta nosotros "aplastados", como decía Apesteguía, en una preservación bidimensional comparable, metafóricamente, a una fotocopia: visibles desde un único ángulo, sin posibilidad de disección volumétrica. La Buitrera ofreció algo radicalmente distinto: fósiles tridimensionales donde cada hueso podía ser extraído, girado y analizado en todas sus caras. Este detalle técnico no es menor: es lo que permitió describir, por vez primera con certeza, el os jugale o hueso del pómulo de una serpiente del Mesozoico —ese elemento esquelético que, paradójicamente, había permanecido invisible o ambiguo en todos los fósiles bidimensionales conocidos hasta entonces.

Cronología y significado taxonómico

Najash rionegrina vivió hace aproximadamente 95–100 millones de años, durante el Cretácico Superior, en lo que hoy es Río Negro. No es la serpiente más antigua identificada —ese honor corresponde a especímenes jurásicos descritos con posterioridad al descubrimiento inicial de 2006—, pero sí la más completa y mejor preservada entre las serpientes primitivas. Su nombre científico combina la raíz hebrea nāḥāš con la designación provincial, un gesto académico cargado de resonancia simbólica que los paleontólogos del equipo de Apesteguía no podían ignorar: bautizaban con el nombre bíblico de la serpiente tentadora a una criatura que, por su antigüedad y morfología, interpelaba directamente los mitos de origen del mundo occidental.

"No es la serpiente más antigua, pero es sin duda la más completa y la mejor preservada." — Dr. Sebastián Apesteguía, Agencia CTyS-UNLaM, 2019.

La sonrisa en tres dimensiones

El cráneo de Najash y el problema de la boca

El subtítulo que circuló en los medios científicos especializados para describir el hallazgo era poético en su precisión: "una sonrisa en tres dimensiones". La metáfora merece detenerse. La famosa sonrisa de la Gioconda leonardiana es observable en dos dimensiones y su misterio ha resistido cinco siglos de interpretación. Del mismo modo, las serpientes fósiles del Levante mediterráneo habían sido legibles únicamente en planimetría, su anatomía craneana reducida a una proyección que ocultaba más de lo que revelaba. El cráneo tridimensional de Najash en La Buitrera fue, para la paleontología ofídica, lo que sería poder ver la Mona Lisa en escultura volumétrica: de repente, el misterio no desaparecía, sino que se especificaba.

Lo que ese cráneo reveló tiene implicaciones morfológicas y evolutivas de primer orden. Najash poseía un cinetismo craneal incipiente: varios puntos de articulación entre los huesos del cráneo no eran suturas rígidas sino articulaciones móviles, lo que permitía cierta apertura de la mandíbula por encima del tamaño de su propia cabeza, aunque sin alcanzar las proporciones extraordinarias de los grandes colubrinos y bóidos actuales. En términos evolutivos, estamos ante el umbral de una de las innovaciones anatómicas más espectaculares de la naturaleza: la capacidad de las serpientes modernas para ingerir presas varias veces más grandes que su cráneo. Najash tenía los primordia de esa capacidad, pero no su plena expresión.

Igualmente significativo es lo que Najash no tenía: veneno, extremidades anteriores (ya ausentes, como en todas las serpientes conocidas) y, posiblemente, las vértebras dorsales en número ilimitado que caracterizan a los ofidios más especializados. Lo que sí conservaba eran patas traseras vestigiales, rudimentarias pero presentes, un rasgo que la sitúa en la zona de transición entre el ancestro escamoso tetrapodal y la morfología ápoda definitiva. En el ecosistema de La Buitrera del Cretácico Superior, Najash era, con toda probabilidad, una predadora de pequeños lagartos, esfenodontes y micromamíferos —presa, a su vez, de los propios dinosaurios dromeosáuridos del yacimiento como Buitreraptor.

Significado antropológico: el hueso que nadie podía ver

El os jugale cuya descripción detallada permitió el cráneo de Najash había sido objeto de debate durante décadas en la literatura especializada. En los fósiles bidimensionales del Medio Oriente, este elemento aparecía como una estructura indeterminada o directamente invisible; su naturaleza exacta permanecía controvertida. El descubrimiento patagónico resolvió el enigma con evidencia material concreta. Desde una perspectiva de historia de la ciencia, este episodio es ejemplar: la geometría del fósil —su tridimensionalidad o su aplastamiento— determina el conocimiento posible. La epistemología paleontológica tiene, literalmente, una dimensión espacial.

Nāḥāš, el nombre que lo cambia todo

El demonio en el jardín y la serpiente en la Patagonia

El nombre Najash no fue elegido al azar. La raíz semítica nāḥāš (נָחָשׁ) designa la serpiente bíblica del Génesis 3, el agente de la caída del ser humano en la teología abrahámica. Que los paleontólogos la eligiesen para bautizar a la serpiente más antigua y más completa conocida en el mundo occidental introdujo, deliberada o inconscientemente, una carga hermenéutica de enorme peso. Estamos ante uno de esos gestos nominativos que condensan siglos de imaginario simbólico en una etiqueta taxonómica.

Aquí es donde Anthony J. Crowley entra en escena con toda la elegancia anacrónica que lo caracteriza. En la novela de Neil Gaiman y Terry Pratchett —y en la serie televisiva producida por la BBC y Amazon Prime en tres temporadas (2019, 2023 y la tercera y última prevista para 2025)— Crowley es, explícitamente, la serpiente del Jardín del Edén. Antes de recibir su nombre demoníaco, era Crawly, un ángel que se deslizó entre la hierba del Paraíso para tentar a Eva con la manzana del conocimiento. Como toda gran ironía gaiman-pratchettiana, la serie trata esta tentación no como un acto de malevolencia sino como un catalizador de la humanidad: sin la caída, no habría historia, no habría libre albedrío, no habría el peculiar y fascinante caos que los humanos denominan civilización.

"He never actually lied. He just failed to tell the whole truth." — sobre Crowley, Good Omens, Gaiman & Pratchett, 1990.

El paralelismo con Najash rionegrina no es, entonces, meramente nominal. Es estructuralmente revelador. Si Crowley es la serpiente primordial que inaugura la historia humana, Najash es la serpiente primordial que inaugura la historia ofídica: el punto de origen desde el cual podemos trazar el linaje evolutivo de todos los ofidios modernos. Ambas figuras —el demonio de ficción y el reptil cretácico— comparten una función epistemológica similar: representan el umbral, la frontera entre un antes y un después, la articulación entre dos morfologías del mundo.

La serpiente con patas como metáfora de la transición

Hay algo profundamente inquietante en la imagen de una serpiente con patas vestigiales. Es una criatura en proceso de devenir lo que todavía no es del todo: ni completamente la serpiente ni completamente el lagarto ancestral del que procede. Esta morfología de transición tiene resonancias simbólicas que ningún imaginario cultural puede ignorar fácilmente. En la iconografía demoníaca medieval, la serpiente edénica era frecuentemente representada con extremidades —a veces con torso humanoide, a veces con patas de lagarto— precisamente para marcar su diferencia con las serpientes post-caída, que Dios habría condenado a arrastrarse por la tierra. El versículo Génesis 3:14 lo explicita con una precisión morfológica notable: "sobre tu vientre andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida". La locomoción serpentina como castigo divino. Najash, la serpiente cretácea con patas traseras, sería entonces, en este marco simbólico, la criatura antes del castigo.

Crowley, por su parte, es un ser que tampoco pertenece del todo a ningún bando: ni Cielo ni Infierno lo reclaman plenamente; ni humano ni puramente sobrenatural. Es, como Najash, una figura de transición. Lleva gafas de sol oscuras para ocultar sus ojos de serpiente —la única marca física que lo delata como el nāḥāš original— y conduce un Bentley negro de 1926 a una velocidad que desafía varias leyes físicas y al menos una ley moral. Es, en suma, una serpiente que aprendió a andar en dos piernas.

El conocimiento como acto femenino de valentía

La narrativa del Génesis sitúa a Eva como el sujeto activo de la transgresión epistémica: es ella quien toma la fruta del árbol del conocimiento del bien y del mal, quien la come primero, quien la ofrece a Adán. La tradición exegética patriarcal ha leído este acto como una culpa; la hermenéutica feminista contemporánea —desde Phyllis Trible hasta Elisabeth Schüssler Fiorenza— lo lee como el acto fundacional de la humanidad como especie cognoscente. Sin Eva, sin la serpiente, sin ese momento de transgresión libre y consciente, los seres humanos habrían permanecido en el estado prehistórico del Jardín: inmortales, quizás, pero sin historia, sin memoria, sin la capacidad de producir conocimiento.

La figura de la paleontóloga, de la investigadora que excava en La Buitrera bajo el sol patagónico y extrae huesos de 95 millones de años de la roca, participa de esa misma lógica. El conocimiento científico es, en muchos aspectos, un acto de transgresión contra la ignorancia: implica desenterrar lo que estaba oculto, nombrar lo que no tenía nombre, comprender lo que se creía misterio irresoluble. El equipo de Apesteguía hizo exactamente eso con el cráneo de Najash: arrancó al tiempo su secreto tridimensional.

La serpiente eterna y la memoria de los huesos

Hay algo profundamente consolador y perturbador a la vez en el hecho de que la paleontología haya elegido llamar Najash a la serpiente más completa del Mesozoico. Es como si la ciencia, esa empresa racionalista que pretende haber superado el mito, reconociese en el acto nominativo su propia imposibilidad de escapar del símbolo. Los huesos de Najash rionegrina son reales: tienen 95 millones de años, fueron extraídos de la roca patagónica por manos humanas, fueron medidos con calibradores y fotografiados en tomografía computarizada. Pero su nombre es mítico, bíblico, especulativo. Pertenece a la misma tradición narrativa que el Crowley de Gaiman y Pratchett.

Y quizás eso sea lo más honesto que podamos decir sobre la relación entre ciencia y mito: no se excluyen, se necesitan. Los datos sin relato son incomprensibles; el relato sin datos es mera fantasía. Najash rionegrina con su cráneo tridimensional y sus patas vestigiales nos ofrece los datos; la tradición simbólica del nāḥāš, desde el Génesis hasta Crowley, nos ofrece el relato. Juntos, nos permiten ver algo que ninguno de los dos podría mostrar en soledad: la profundidad del tiempo, la continuidad de la vida, y el hecho —maravilloso, perturbador— de que llevamos millones de años teniendo miedo de las serpientes y sin embargo, una y otra vez, eligiéndolas para contar nuestras historias más importantes.

Crowley, que lleva seis mil años caminando entre los humanos con sus gafas de sol y su Bentley negro, diría probablemente que todo esto es, en el mejor de los sentidos posibles, una catástrofe. Y tendría razón. Najash lo sabía desde el Cretácico.


Fuentes bibliográficas

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Garberoglio, F. F., Apesteguía, S., Simões, T. R., Palci, A., Bhullar, B.-A. S., Gauthier, J. A., Caldwell, M. W. et al. (2019). "New skulls and skeletons of the Cretaceous legged snake Najash, and the evolution of the modern snake body plan." Science Advances, 5(11), eaax5833. https://doi.org/10.1126/sciadv.aax5833

Gaiman, N. & Pratchett, T. (1990). Good Omens: The Nice and Accurate Prophecies of Agnes Nutter, Witch. Victor Gollancz. [Edición española: Buenos presagios, trad. José Mª Ferrer, Ediciones B, 2000].

Trible, P. (1978). God and the Rhetoric of Sexuality. Fortress Press. [Análisis feminista del Génesis y la figura de Eva como agente epistémico activo].

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Schüssler Fiorenza, E. (1983). In Memory of Her: A Feminist Theological Reconstruction of Christian Origins. Crossroad. [Para el análisis de la agencia femenina en los textos fundacionales del judeocristianismo].

Arasa i Gil, F. (2011). "Representaciones de serpientes en contextos rituales hispanorromanos." Archivo Español de Arqueología, 84, 171–192. [Evidencia material de la simbología ofídica en la Hispania romana].

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