El gran mito de la suciedad en la Edad Media

El cuerpo como territorio

Existe una perversión historiográfica particularmente tenaz: la de colapsar mil años de historia europea bajo el adjetivo de "medieval" como si constituyeran una unidad monolítica de barbarie. Del año 476 d.C., caída convencional del Imperio Romano de Occidente, al 1492 con el inicio de la expansión atlántica, transcurren más de diez siglos en los que convivieron el esplendor carolingio, las ciudades comunales del norte de Italia, las universidades de Bolonia, París y Salamanca, y los reinos taifa de Al-Ándalus. Hablar de "la higiene medieval" como si fuera un fenómeno uniforme es tan impreciso como hablar de "la tecnología del segundo milenio" ignorando la distancia entre un molino de viento y un teléfono inteligente.

El primer dato relevante es geográfico. La cuenca mediterránea —que incluye la Hispania cristiana y andalusí, el sur de la Galia, la Italia central y septentrional, y el Levante— heredó una infraestructura de higiene romana que nunca desapareció del todo. Las thermae romanas, con su complejo sistema de frigidariumtepidarium y caldarium, no se evaporaron con la caída del Imperio: muchas fueron reconvertidas, reutilizadas o imitadas. En la Hispania visigoda y posteriormente en los reinos de reconquista, las fuentes documentales atestiguan la continuidad de prácticas de ablución, tanto en contextos religiosos como laicos.

El segundo dato es demográfico. Las grandes epidemias medievales —la Peste Negra de 1347-1353 siendo la más devastadora— afectaron la percepción retrospectiva de la Edad Media de un modo dramático. Cuando los historiadores modernos y renacentistas buscaron explicaciones para aquellas catástrofes, proyectaron hacia el pasado una imagen de insalubridad que legitimaba su propia autoimagen de progreso. Era más cómodo culpar a la suciedad de los antepasados que enfrentarse a la complejidad epidemiológica de una pandemia de Yersinia pestis.

El problema de las fuentes y el sesgo del superviviente documental

Un escollo metodológico fundamental: las fuentes que mejor se conservan son las normativas —ordenanzas municipales, textos eclesiásticos, tratados médicos— y no los registros cotidianos. Esto crea un sesgo inverso al que esperaríamos: si una ordenanza municipal prohíbe bañarse desnudo en el río Sena, ello nos informa no de que nadie se bañara, sino de que todo el mundo lo hacía con suficiente frecuencia como para constituir un problema de orden público. Las fuentes prescriptivas revelan, en negativo, la práctica real.

La cultura del baño

Los baños públicos medievales, conocidos en la documentación latina como balnea o stupha (de donde deriva la palabra germánica Stube y, posteriormente, el anglicismo stew), constituyeron una institución social de primer orden. Su presencia en las ciudades europeas está documentada desde el siglo XI, con una expansión notable entre los siglos XII y XIV.

En París, el registro gremial de 1292 —conocido como el Livre de la taille— contabiliza veintiséis baños públicos en activo dentro de los límites de la ciudad. En Londres, los registros de Southwark mencionan establecimientos similares desde el reinado de Enrique II (1154-1189).

La arquitectura del calor: cómo funcionaban las stuphae

El funcionamiento técnico de estos establecimientos merece atención porque revela una inversión económica e infraestructural considerable. Una stupha típica disponía de calderas de cobre o hierro para calentar agua, tinas de madera individuales o colectivas, y salas de vapor similares a un hammam moderno. El abastecimiento de agua requería acceso a fuentes o ríos, lo que explica la concentración de estos establecimientos en las zonas ribereñas de las ciudades. En muchos casos se combinaban con servicios de barbería, sangría terapéutica y, como documentan con inquietud las fuentes clericales, servicios de entretenimiento de naturaleza diversa.

El jabón, por su parte, no era un artículo exótico ni de lujo inalcanzable. El jabón de Alepo —elaborado con aceite de oliva y aceite de laurel (oleum lauri) en proporciones variables— tiene una historia que los registros sirios sitúan al menos desde el siglo VIII, aunque la tradición oral y algunos indicios arqueológicos sugieren una manufactura mucho más antigua, posiblemente de época helenística. Su composición lo hacía técnicamente superior a muchos jabones posteriores: los ácidos grasos del aceite de laurel poseen propiedades antimicrobianas reales, no solo rituales.

En la Península Ibérica, el denominado jabón de Castilla representó una evolución local de gran relevancia comercial. Elaborado con aceite de oliva virgen —recurso abundante en las regiones meseteñas y, especialmente, en los territorios de la actual Andalucía— este jabón se exportó hacia los reinos de la Europa noroccidental, donde el aceite de oliva era un producto de importación costosa. Las rutas comerciales que conectaban los puertos castellanos y andaluces con las ferias de Champagne y los mercados flamencos no transportaban solo lana y especias: también transportaban un concepto de limpieza.

Perfumes, aguas aromáticas y la economía del olor

Más allá del jabón y el agua, las élites medievales desarrollaron una sofisticada cultura del perfume que los registros contables de las casas reales permiten reconstruir con cierta precisión. Los libros de cuentas del reinado de Alfonso X el Sabio en Castilla incluyen partidas de rosa (aqua rosae), lavanda, romero y otros aromáticos. Estos no eran mero lujo ornamental: operaban en el marco de un sistema médico coherente que explicaremos en el siguiente bloque.

La teoría miasmática y el miedo al agua

Aquí reside la paradoja más fascinante, y más incómoda, de esta historia: si los medievales se bañaban con relativa regularidad, ¿cómo explicamos el período posterior de aparente retroceso higiénico? La respuesta está en una teoría médica que, aunque errónea en sus fundamentos, poseía una lógica interna impecable: la teoría de los miasmas.

Heredada de la medicina hipocrática y galénica, la teoría miasmática sostenía que las enfermedades viajaban en el aer corruptus: el aire corrupto, pestilente, exhalado por materia orgánica en descomposición, aguas estancadas o cadáveres. La versión medieval tardía de esta teoría, desarrollada por comentaristas árabes como Ibn Sina (Avicena) y difundida por las universidades médicas de Montpellier y Salerno, añadía un matiz crucial: los poros abiertos por el calor del baño podían convertirse en puertas de entrada para los miasmas patógenos.

Tras la Peste Negra de 1347-1353, que mató entre un tercio y la mitad de la población europea, esta recomendación adquirió el carácter de mandato de supervivencia. Si el baño abre los poros y los poros admiten el miasma, bañarse es potencialmente mortal.

La ironía brutal es esta: el verdadero vector de la peste bubónica era la pulga de la rata (Xenopsylla cheopis), cuya proliferación se veía favorecida precisamente por las condiciones de insalubridad que el abandono del baño contribuía a crear. La teoría médica que pretendía proteger a la población de la enfermedad contribuyó, en cierta medida, a perpetuar las condiciones que facilitaban su transmisión. Fue el Renacimiento tardío y la Edad Moderna —no la Edad Media— el período en que los europeos se bañaron sistemáticamente menos, amparados en una lógica médica que paradójicamente se consideraba a sí misma más avanzada que la de sus predecesores.

El baño como espacio liminal y subversivo

Las fuentes clericales medievales revelan otra dimensión de la cultura del baño que la historiografía convencional tiende a ignorar: su potencial subversivo como espacio de encuentro social no regulado. Los baños públicos eran lugares donde los cuerpos —independientemente de la clase social— se igualaban en su desnudez y vulnerabilidad. Las ordenanzas municipales que regulaban el acceso a las stuphae revelan una intensa preocupación de las autoridades civiles y religiosas por lo que sucedía dentro de aquellos establecimientos: mezcla de géneros, consumo de vino, transacciones comerciales no declaradas y encuentros que los documentos eufemizan con la fórmula de "actos deshonestos". El baño era, en cierta medida, un espacio de resistencia cotidiana a la vigilancia del orden establecido.

Las mujeres en la cultura de la higiene

El análisis de género en la cultura higiénica medieval revela asimetrías significativas que la historiografía feminista —desde los trabajos pioneros de Eileen Power hasta las investigaciones más recientes publicadas en revistas como Arenal— ha empezado a sistematizar con rigor.

En primer lugar, la producción de jabón y de aguas aromáticas fue, en gran medida, una actividad femenina. Los recetarios medievales —manuscritos de carácter doméstico que circularon en entornos conventuales y nobiliarios— incluyen instrucciones detalladas para la elaboración de jabones, ungüentos y aguas perfumadas escritas para y por mujeres. El convento como espacio de producción y transmisión del conocimiento técnico sobre el cuerpo femenino es un tema que la historiografía ha comenzado a explorar con mayor profundidad en las últimas décadas.

La bañera como espacio de poder y de peligro

La iconografía medieval nos ofrece imágenes recurrentes de mujeres bañando a otros: a héroes, a santos, a recién nacidos. Este motivo visual no es inocente. La mujer que baña posee un poder sobre el cuerpo del otro que las fuentes literarias —desde los lais de María de Francia hasta los romances artúricos— connotan con ambigüedad: es cuidado pero también es dominio, es limpieza pero también es posible envenenamiento o hechizo. La mujer bañadora se sitúa en el límite entre la enfermera y la hechicera, entre la madre y la amenaza.

Esta ambigüedad tiene consecuencias documentales: cuando las fuentes inquisitoriales medievales acusan a mujeres de prácticas mágicas, el baño y los ungüentos aparecen con llamativa frecuencia como elementos del ritual incriminado. La misma actividad que en un contexto es doméstica y virtuosa se convierte en sospechosa cuando la practica una mujer sin la supervisión del orden masculino o eclesiástico.

Qurtuba y la cultura del hammam

Resulta imposible hablar de higiene medieval en la Península Ibérica sin detenerse en la herencia andalusí, y Córdoba —Qurtuba en árabe— constituye uno de sus testimonios más elocuentes. En su período de mayor esplendor, entre los siglos IX y XI, la ciudad fue considerada la más grande y refinada de Europa occidental, con una población estimada de entre cien mil y quinientos mil habitantes según las fuentes (las cifras varían enormemente según los criterios metodológicos de cada investigador). Los hammams o baños árabes eran parte integral del tejido urbano cordobés: establecimientos de uso cotidiano, asociados tanto a la purificación ritual islámica (ghusl y wudu) como al uso social y terapéutico.

La arqueología cordobesa ha documentado varios hammams medievales en el casco histórico. El Hammam de la calle del Baño, excavado parcialmente, y los restos integrados en algunas edificaciones del barrio de la Judería testimonian una cultura del agua que no desapareció con la reconquista cristiana de Fernando III en 1236, sino que fue gradualmente desplazada —y en parte absorbida— por las costumbres de los nuevos pobladores. Los baños de Santa María de las Aguas, mencionados en documentos del siglo XIII, parecen continuar una tradición de uso público que tiene sus raíces en el período omeya.

El papel de las mujeres en estos espacios merece especial atención. Los hammams andalusíes tenían, en principio, horarios diferenciados para hombres y mujeres, pero las fuentes literarias árabes —y la epigrafía— revelan que los baños femeninos fueron espacios de una notable autonomía social: lugares donde las mujeres podían reunirse, comunicarse y relacionarse fuera de la supervisión masculina. Cuando Ibn Hazm de Córdoba (994-1064) escribe en el Tawq al-hamama (El collar de la paloma) sobre los amores y desamores de la élite cordobesa, el hammam aparece como escenario de encuentros y transmisión de mensajes. Era, en palabras del historiador Pierre Guichard, uno de los "espacios porosos" del orden de género andalusí.

La transición del hammam andalusí al baño público cristiano en Córdoba es un proceso documentado que los especialistas en historia medieval andaluza, como los publicados en la revista Al-Qantara, han comenzado a trazar con mayor precisión. Lo que esa transición revela es que las prácticas de higiene no se organizan únicamente en torno a la tecnología disponible, sino en torno a sistemas de valores, normas religiosas y estructuras de género que determinan quién puede lavarse, cómo, cuándo y ante quién.

El polvo que cubre la Historia no es suciedad medieval

El mito de la suciedad medieval dice más sobre nosotros que sobre el pasado. Es la proyección de una necesidad narrativa: la de establecer un "antes" oscuro que haga más brillante nuestro "ahora". Esta operación retórica —que los historiadores franceses de la escuela de los Annales llamarían un uso presentista de la historia— tiene consecuencias políticas concretas. Cuando reducimos un milenio de historia humana a la imagen del campesino encostrado, invisibilizamos la sofisticación de la medicina andalusí, la complejidad de las instituciones gremiales de los baños europeos y, sobre todo, la agencia de las mujeres que produjeron, transmitieron y preservaron el conocimiento sobre el cuerpo durante siglos de silencio documental.

La Edad Media no fue limpia. Tampoco fue sucia de un modo uniforme o absoluto. Fue un período en el que convivieron la sofisticación y la penuria, la tradición higiénica romana y andalusí con los años de crisis epidémica, el hammam cordobés y el callejón sin alcantarilla. Lo que más se parece a la realidad medieval, en materia de higiene como en tantas otras, es lo que más se parece a cualquier sociedad compleja: la contradicción.

El verdadero problema no estaba en el agua de sus tinas. Estaba —y está— en nuestra resistencia a contemplar el pasado con la misma complejidad que reclamamos para el presente. La historia no huele a podredumbre: huele a jabón de laurel, a agua de rosas, y a la humedad de un hammam a mediados del siglo X en una ciudad que entonces era el corazón del mundo conocido.

Fuentes bibliográficas

  1. Classen, A. (Ed.) (2010). Bodily and Spiritual Hygiene in Medieval and Early Modern Literature. De Gruyter. Berlin/New York.
  2. Constable, O. R. (2003). Housing the Stranger in the Mediterranean World: Lodging, Trade, and Travel in Late Antiquity and the Middle Ages. Cambridge University Press. [Incluye análisis de hammams en Al-Ándalus.]
  3. García Sanjuán, A. (2002). "Mercado y baños públicos en la Sevilla medieval." Historia. Instituciones. Documentos, 29, pp. 163-183. Universidad de Sevilla.
  4. Ibn Hazm de Córdoba (c. 1022). Tawq al-hamama [El collar de la paloma]. Trad. cast. de Emilio García Gómez (1952). Alianza Editorial. Madrid.
  5. Lacarra Ducay, M. C. (2002). "Imágenes de la mujer en la miniatura medieval hispana." Arenal. Revista de Historia de las Mujeres, 9(1), pp. 5-38.
  6. Montanari, M. (1994). La faim et l'abondance: histoire de l'alimentation en Europe. Seuil. Paris. [Cap. sobre prácticas corporales y sistemas de valor medievales.]
  7. Valor Piechotta, M. (1993). "Baños árabes en el reino de Sevilla." Arqueología Medieval Española, 3, pp. 201-220.

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